Que se casen, pero que no olviden

Por la Colectiva Libertaria Severas Flores
(Facebook: https://www.facebook.com/severasflores/)

En la mañana del jueves 7 de abril la Corte Constitucional reafirmo lo que la sentencia C577 de 2011, del mismo órgano, había afirmado hace cinco años: las personas del mismo sexo tienen el derecho constitucional de formar una familia y por lo tanto pueden contraer matrimonio y acceder a todos los beneficios que esto supone. La frase “Ganó en Amor” se repite en todos los medios y el tema de la igualdad de derechos es la bandera general que se usa para conmemorar tan histórica decisión, que pone a Colombia en el selecto grupo de los 23 países que reconocen el matrimonio entre personas del mismo sexo: Felicidades, el país es un poco menos bárbaro ahora.

En 2011, la Corte le adjudicó la responsabilidad al Congreso de legislar sobre el llamado matrimonio igualitario y a planear una campaña de educación pública nacional sobre la diversidad sexual. Por mayoría el senado decidió no legislar y se pasó de largo esta sentencia, resultando en el sancocho burocrático que llevo a que se tomara la medida que hoy tanto se celebra en las redes sociales. Esto es sintomático de un problema del que nadie habla: la impotencia material del llamado sector LGBTI de organizarse frente a las reivindicaciones de los derechos civiles.

El triunfo no fue producto de una movilización social o de una fuerte articulación entre diferentes grupos LGBTI con una agenda en común. Este es un problema grave: Las personas no se han organizado hacia la construcción de un programa por la legitimidad y soberanía de las personas sobre sus cuerpos y sus relaciones. Lo que vemos son agendas rosas en los numerosos partidos progresistas que se abanderan de estas luchas para engrosar sus filas.  Tenemos al frente la incompetencia de las instituciones estatales en materia de derechos civiles, donde el Senado se niega categóricamente a legislar sobre esta materia y la Corte se demora seis años en ratificar su propia sentencia.

Claro que reconocemos la lucha de diferentes movimientos por la adquisición de derechos civiles. Se han hecho numerosos esfuerzos que no deben ser dejados a un lado, donde sectores marginalizados se han alzado contra la homofobia y el hetero-patriarcado para reafirmar su derecho a existir. Pero no debemos engañarnos tampoco. No ganó el amor. El matrimonio igualitario no es el fruto de una lucha social organizada fuerte con bases democráticas. Es el resultado de la reafirmación de un órgano pequeño, que no cuenta ni siquiera con el respaldo del Congreso. Es el triunfo del discurso de los derechos humanos, sin reflexión material y con mucha visualización mediática.

¿Esto que implica? Que la violencia puede estar al orden del día. El matrimonio igualitario estará al alcance de muchas personas pero no implicará un cambio radical en la forma como la gente ve las maneras no heterosexuales de relacionarse. No cambiará, por ejemplo, la constante reafirmación de la masculinidad de instituciones como la policía y el ejército, que seguirán persiguiendo a jóvenes trans en los centros de la ciudad. No cambiará el ambiente hostil en los colegios donde el matoneo lleva a los jóvenes a tomar la decisión de quitarse la vida. No cambiará la oferta de rehabilitación que clínicas o iglesias ofrecen a “desviados” o “enfermos”. El matrimonio igualitario no cambiará mucho en materia de justicia o igualdad por si solo.

Hoy más que nunca se deben iniciar procesos de construcción política desde la diversidad sexual que se articulen en un eje programático claro contra el Hetero-Patriarcado, en diferentes niveles: desde lo educativo hasta la protesta social. Tenemos que trabajar en los barrios, en las casas, en los colegios, en las universidades, en las calles, donde la homofobia es latente; pero también en las marchas, en los colectivos, en los partidos, en la academia, donde la homofobia existe pero no se reconoce. Nuestro triunfo no está en la sección de farándula de un noticiero, esta en la destrucción de un sistema opresor que violenta los diferentes cuerpos y las relaciones no heterosexuales. Que se casen, pero que no olviden: la lucha está muy lejos de terminar y si nosotros mismos no nos organizamos, nadie más va a cambiar el mundo.

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